
En 2024 el demógrafo Saul Newman recibió un premio Ig Nobel por un trabajo que relaciona buena parte de los récords de longevidad extrema con registros civiles deficientes. Su tesis es incómoda. Allí donde los papeles son peores, aparecen más supercentenarios.
El debate es serio y conviene tomárselo en serio. Una edad declarada solo se convierte en dato científico cuando se comprueba con documentos independientes, como la partida de bautismo, la inscripción civil, el censo o los registros de la familia.
Las zonas azules con más solidez son precisamente las que pasaron ese filtro. Cerdeña se identificó con edades validadas, y el trabajo de Rosero-Bixby en Costa Rica calculó las edades con las fechas de nacimiento de los libros del registro civil, sin fiarse de la edad declarada.
Formo parte del Grupo de Trabajo para el Estudio de los Centenarios de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, y colaboro en la verificación documental de casos de longevidad extrema. La experiencia enseña prudencia. Un caso puede tardar años en cerrarse y no siempre se cierra a favor.
Defender las zonas azules exige validar con rigor. Lo contrario les hace un favor a quienes quieren desmontarlas.
Fuente. UCL Institute of Education (2024). UCL demographer’s work debunking Blue Zone regions of exceptional lifespans wins Ig Nobel prize.
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