
Vivir solo y sentirse solo son cosas distintas, y conviene no confundirlas. Hay personas que viven solas y tienen una red densa, y personas que viven acompañadas y se sienten aisladas en su propia casa.
La escala que más uso en mis investigaciones, la de De Jong Gierveld, separa dos dimensiones. La soledad emocional es la falta de una relación íntima, de alguien con quien contar de verdad. La soledad social es la falta de una red más amplia, de pertenencia a un grupo, a un barrio, a una comunidad.
La distinción tiene consecuencias. En mi tesis, las personas mayores de España y de la Zona Azul de la Península de Nicoya se parecían bastante en soledad emocional. La gran diferencia estaba en la soledad social, mucho más baja en Nicoya.
Eso señala dónde intervenir. La pérdida de la pareja queda fuera del alcance de cualquier programa público. La red del barrio, el uso de los espacios comunes y el papel de la persona mayor en su comunidad dependen en buena parte de decisiones públicas.
Por eso evito hablar de la soledad como un sentimiento privado. Tiene una parte íntima y otra que construimos entre todos.