
Desde el metaanálisis de Julianne Holt-Lunstad y sus colegas, publicado en 2010, sabemos que las relaciones sociales se asocian con la supervivencia con una fuerza comparable a otros factores de riesgo clásicos. Las personas con vínculos más sólidos viven, de media, más.
Lo que todavía no sabemos bien es el mecanismo. Puede que los vínculos protejan por la vía biológica, por el estrés y la inflamación. Puede que lo hagan por la vía práctica, porque alguien nota antes que algo va mal. Lo más probable es que actúen por varias a la vez.
Tampoco está resuelta la dirección. Una mala salud aísla, y el aislamiento empeora la salud. Separar las dos cosas exige estudios que sigan a las mismas personas durante años.
Es lo que queremos hacer en la Zona Azul de la Península de Nicoya con un estudio longitudinal a cinco años. Una foto transversal, como la de mi tesis, muestra que allí las personas más longevas son las más acompañadas. Solo el seguimiento puede decir qué vino primero.
Mientras tanto, conviene prudencia antes de añadir los vínculos a la lista de hábitos de la longevidad.
Fuente. Holt-Lunstad, J., Smith, T. B., y Layton, J. B. (2010). Social relationships and mortality risk. A meta-analytic review. PLoS Medicine, 7(7), e1000316. https://doi.org/10.1371/journal.pmed.1000316